Hoy me siento un poco never y me apetece hablar de mi familia. Todo esto viene al hilo de un correo que he recibido hoy del Emérito Membrillo Doctor Pi que, bueno, viene más o menos a confirmarme que arpías y belcebúes los hay en todas partes. Yo ya hice referencia a mis arpías particulares hace algún tiempo, pero oye, de vez en cuando viene bien desahogarse. Así que aviso: este va a ser un post desahogolacrimógeno. Quien quiera se lo puede ahorrar, porque tampoco es una historia demasiado trascendental.
Hay quien dice que la familia es un tesoro. Pues yo no lo niego, pero la verdad es que en mi caso se trata de un tesoro muy pequeño en cuanto a número de piezas. No me quejo de mis padres, ni de mi hermano, ni de mi tío Julián (núcleo familiar asociado incluido, todos bastante majos y buena gente). También sé que la familia lejana de mi madre es bastante maja, pero no he tenido demasiado trato con ellos, así que no puedo opinar de primera mano. Pero sí puedo opinar de mis Tres Arpías, y de mis abuelos paternos.
De cómo sacaron del colegio a mi tío Julián para que les arara el campo, porque era el hijo mayor, y porque ellos no tenían muchas ganas de hacerlo. Y de cómo se pusieron cuando mi tío Julián se cabreó y decidió ir a trabajar a Euskadi para perderles de vista. Si te vas, olvídate de que tienes padres.
De cómo pusieron a las Dos Arpías Mayores a servir en casas, para que hubiera ingresos, y de cómo mi padre se convirtió en el sustituto ideal de mi tío Julián.
De cómo le rompían los libros de texto, o los cursos a distancia que se compraba, a mi padre para que no estudiara, porque estudiar es una pérdida de tiempo, y de cómo rechazaron una beca completa que obtuvo mi padre para estudiar en la Universidad Laboral de Sevilla porque no podían permitirse el comprarle una muda nueva. Y de cómo eso se tradujo en un necesitamos que te quedes aquí arando el campo y dejando tu sueldo en casa.
De cómo, curiosamente, mis abuelos sí le pagaron los estudios a la Arpía Menor cuando decidieron venir a la ciudad, pero sólo porque no querían parecer pueblerinos.
De cómo mis abuelos le acabaron levantando un piso a mi tío Julián, un piso de hace muchos años que él pago casi por completo y que necesitaba para volver al centro por motivos familiares (mi primo nació enfermo y lo mejor era traerlo al hospital de La Paz, que en aquella época era el único hospital decente para niños). Un piso cuyas últimas letras pagó mi padre, aunque él ya se estaba hipotecando para comprar un piso con mi madre. Un piso de un hijo al que dijeron que se olvidara de que tenía padres, a todo esto. Pero se ve que, a la hora de meterse por la patilla en un piso en la ciudad, ellos sí se acordaron de que tenían un hijo mayor.
De cómo trataban a mi madre, o a la mujer de mi tío Julián (también mi tía, aunque no sea hermana de mi padre ni de mi madre; eso es algo que mis abuelos y que las Tres Arpías no han entendido nunca). De cómo había nietos de primera y de segunda. Pero claro, también había hijos de primera y de segunda. A mí siempre me dio igual cómo me trataran mis abuelos y las Arpías, porque total, tampoco nunca los quise demasiado. Pero hay cosas que no se perdonan, sobre todo si se las hacen a quienes más quieres.
De cómo las Arpías, espoleadas por mis abuelos, metían cizaña para que mi padre y mi tío se llevaran mal y no se hablaran. En aquella época no lo sabíamos ninguno, pero el tiempo y la falta de cerebro (y las rencillas internas entre ellas, porque lo triste es que tampoco se llevan muy bien) han hecho que poco a poco desenredemos la madeja y descubramos todas las mentiras durante todos estos años.
De cómo mi padre y mi tío han sido siempre los que arreglaban los interruptores de la luz, o pintaban el piso, mientras que las Tres Arpías eran las hijas con las que salir a comer para hacer reuniones familiares. Reuniones en las que nunca estaban ni mi tío ni mi padre, porque se ve que no todos son familia.
De cómo, a pesar de todo, mi padre y mi tío adoraban a sus padres. De cómo lloraron en sus funerales. De cómo sufrieron cada día de la agonía de mi abuelo, que tardó mucho en morir. De cómo, años más tarde, quedaron impactados con la muerte súbita de mi abuela, muerte que ninguno esperábamos.
De cómo mis únicas lágrimas en ambos funerales surgieron exclusivamente por la pena de ver llorar así a mi padre, y no por haber perdido a dos personas de la familia. De cómo lloró mi prima mayor, hija de mi tío Julián, por los mismos motivos. De cómo el hijo enfermo de mi tío Julián no lloró. De cómo no lloró mi hermano.
De cómo ahora que mis abuelos ya han muerto las Tres Arpías dicen que el piso es herencia para todos. Aunque todos sepamos, y ellas sepan bien, que el piso es realmente de mi tío Julián.
De cómo, en definitiva, el único pariente directo con el que mi padre mantiene alguna relación mínimamente decente es con mi tío Julián.
En resumen: de cómo un ser humano puede querer más y llorar más la muerte de su mascota que de algunos miembros de la familia. Hay gente que no lo entiende, y me parece bien, porque en familias normales estas cosas no pasan. Pero yo sí lo entiendo, porque yo sí he llorado más a Guismo que a mi abuela o a mi abuelo. Puede que esté feo, pero también supongo que sólo se llora a quien se quiere.







never
28 ago 2009 | 01:51 PM
Increíble lo de tus abuelos.
Estaba imaginándome cómo pudo sentirse tu padre cuando no le permitían estudiar y me he puesto de mala hostia.
Alf
28 ago 2009 | 06:32 PM
Historias de estas hay muchas, mi abuela(paterna) que aun vive, le robo un piso a mi madre(ya te contare la historia). Y a mi padre, mi abuela, seguro que también le ha hecho muchas, pero eso nunca me las ha contado.
De mis tíos por parte de madre, también hay muchas historias.
La familia como el hogar es donde se tiene el corazón. Y a veces no esta en la sangre.
muzaraque
28 ago 2009 | 06:56 PM
Lo mejor que he oido de mi abuelo paterno ha sido "no lo recuerdo" y "ya está muerto, no hablemos de él"...puedes imaginar lo peor
Por no mencionar de como los 6 hermanos pequeños se marcharon "da casa do Fidalgo" con la madre cuando el mayor apenas tenía 16 años porque ya eran todos suficientemente mayores como para arreglarselas y no aguantaban más allí, porque la madre también sufrió tanto o más con el marido como sus hijos.
agente_naranja
28 ago 2009 | 08:33 PM
Uf. Dejémoslo, que al final acabaremos todos llorando...
doctorpi
30 ago 2009 | 08:56 PM
Ya te comente en el canal membrillo lo que hare cuando muera la Arpia mayor del reino.... yo de ti haria lo mismo con tus Arpias, al menos te vas a desahogar un poco, aunque en tu caso sea mas incomodo por la postura XDDDD